Posts filed under ‘Gestión de las emociones’
Curiosidad para sobrevivir
El descubrimiento es una parte de la alegría de vivir. Lou Mrinoff
La curiosidad no es solo un estado afectivo, aunque puede ser su inicio. La curiosidad puede ser un estado mental de apertura a lo que tenemos alrededor o en nuestro interior. Es la base donde reside el aprendizaje. Sin curiosidad no hay interrogación y no hay relación. Según dice José Antonio Marina, la palabra curiosidad procede del latín cura que significa inquietud. La persona curiosa siempre está cuestionando y preguntando. Desea conocer, averiguar, conocer, descubrir alguna cosa. El ser humano es, hasta cierto punto, un consumidor de estímulos, necesita la novedad y el cambio, pero, al mismo tiempo, los teme. Eurípides decía que el cambio de todas las cosas nos es dulce y que la repetición impaciencia, enoja, aburre o desespera según los casos. ¿Pero relamente es así para todos? ¿De qué depende que una persona mantenga la curiosidad toda la vida y que otra renuncie a ser curiosa y, por lo tanto, a explorar? Vivimos en una tensión constante entre el consuelo que nos ofrece la seguridad y la emoción resultante de las nuevas experiencias que, gracias a la curiosidad y al valor de explorar, podemos tener.
La contaminación emocional
La contaminación emocional es el fenómeno por el cual somos capaces de lanzar al exterior, de forma totalmente indiscriminada e irresponsable, nuestras basuras emocionales, prescindiendo del impacto que van a tener en el clima emocional global del conjunto.
La soledad en compañía

Hablamos de la soledad-desconexión, esta soledad producto del alejamiento de nosotros mismos y, como consecuencia, del distanciamiento de las personas que nos rodean.
El olvido como mecanismo de supervivencia
Si durante la infancia, las personas muy cercanas afectivamente, como nuestra madre o nuestro padre, han sido al mismo tiempo protectores y depredadores de nuestro ser interior, nos han alimentado, pero también han violentado nuestras emociones, se produce un fenómeno: la conciencia se divide.
Yo, únicamente yo, soy responsable de lo que siento
Pensar que nuestros sentimientos los causan los demás representa una gran fuente de violencia. En efecto, si le dices a tu hijo: “Estoy triste porque no arreglas tu habitación”, se le hace creer, desde su más tierna infancia, que él es responsable de nuestro malestar y se le incita a pensar que tiene el poder de hacernos felices o desgraciados, cuando en realidad “estamos tristes porque nos gusta el orden y/o porque necesitamos tener la seguridad de que nuestra educación da sus frutos…”. Al hacer a alguien responsable de nuestros sentimientos, añadimos a su vida la carga de la nuestra y renunciamos a nuestro poder.
Elogio al entusiasmo
(Fotograma de la película La vida es bella)
En tiempos de indignación parece contrapuesto estar reivindicando el entusiasmo como motor de nuestra existencia, tanto individual como colectiva. Sin embargo, es un ejercicio necesario el comprender la simultaneidad de nuestras emociones, así como las graves consecuencias que conlleva instalarse en creencias limitantes, más aún cuando se contagian masivamente. Mucha gente se siente hoy invadida por sentimientos de desesperanza, impotencia y pérdida de validez personal. No cabe duda de que existen razones y evidencias para ello. Pero también es cierto que por nuestras venas sigue circulando la vida, que el corazón sigue batiendo, que todo nuestro organismo sigue despierto y sensible. No hemos perdido aún, que se sepa, la capacidad de sentirnos vivos, de decidir hasta dónde queremos que nos afecten los sucesos del exterior y, sobre todo, no hemos perdido la facultad de seguir sintiendo y amando. Tenemos, si queremos, la posibilidad de cambiar, de decidir cómo vivir.
Indefensión aprendida
La Indefensión aprendida, o adquirida, es una condición psicológica en la que un sujeto aprende a creer que está indefenso, que no tiene ningún control sobre la situación en la que se encuentra y que cualquier cosa que haga es inútil. Como resultado, permanece pasivo frente a una situación displacentera o dañina, incluso cuando dispone de la posibilidad real de cambiar estas circunstancias.
La escuela, un lugar de estrés

Mientras la mayoría de niños y niñas padecen desnutrición severa en una gran parte del planeta, en la otra lo que padecen es desnutrición emocional. Lo que se ha dado en llamar hiperactividad y el fracaso escolar son síntomas crecientes que apuntan hacia las carencias de una educación basada en memorizar y competir antes que en el desarrollo integral. Del otro lado de la obligación y el estrés, se encuentran la curiosidad y la tranquilidad.
La “mala suerte”
“Todo me sale mal”, “Qué mala suerte tengo”, “Soy gafe”. Son las frases que se repiten algunas personas cargadas de angustia, desconsuelo o amargura, producto de determinadas situaciones que les han salido mal. A veces se confunden desilusiones, contrariedades o frustraciones con una especie de “estado” o “entorno” que más allá de ellos mismos, les impone una “mala suerte” y les impide tener éxito, bien sea en el trabajo, en su vida, o en el amor.
La esclavizante ira
“Una persona resentida se intoxica a sí misma” (Maz Scheler, filósofo)
El profesor Robert Enright, de la Universidad de Wisconsin, uno de los pioneros de la terapia del perdón, afirma que “cuando algo nos ha dañado, tendemos a hablar de justicia mucho más a menudo que de perdón”. Cuando alguien nos ha defraudado, herido o traicionado, sentimos que tenemos que hacérselo pagar. Creemos que así haremos justicia. Consideramos inaceptable lo que ha hecho y esa rabia nos mantiene atados a la situación y a la persona que nos ofendió. En vez de perdonarla y soltarla, nos atamos más a ella, nutriendo el resentimiento.








